ABCD LAS ARTES Y LAS LETRAS
El último bibliófilo
Portada Por César Antonio Molina.
17 de abril de 2010 - número: 945
La casa de José Mindlin está en una zona residencial de São Paulo (Brasil). No es ni un famoso escritor, ni artista, ni profesor universitario, ni político. Simplemente es uno de los más grandes coleccionistas de libros o, como a él le gusta definirse: un buen lector. Sin embargo, casi todos nuestros contemporáneos que han escrito sobre libros y bibliotecas, como, por ejemplo, Jacques Bonnet, Umberto Eco o Jean-Claude Carrière, lo citan con admiración porque posee libros únicos. La puerta principal que da a la calle se abre automáticamente y da paso a un jardín en medio del cual se levanta una casa. Una sirvienta me abre otra puerta que da a un gran salón repleto de estanterías y libros. Poco después aparece el dueño.
Es una persona de mediana estatura, bastante mayor, muy amable, sonriente y de una gran agilidad para ir recogiendo de aquí y de allí volúmenes. Mindlin pertenece a una familia rusa que se estableció en Brasil a comienzos del siglo XX. Sus padres nacieron y se conocieron en Rusia. En 1905 emigraron cada uno por su lado y se encontraron casualmente cinco años después en Nueva York, donde contrajeron matrimonio y decidieron trasladarse a Brasil. Mindlin me comenta que en su familia siempre hubo interés por la pintura y tenían una razonable biblioteca. Ese discreto ambiente intelectual ayudó a su formación y a la de sus hermanos: Henrique, el mayor, un importante arquitecto amigo de Calder; Esther, una actriz que se agostó debido a la dedicación familiar; y Arnaldo, abogado como él mismo que, al final de su vida, lo dejó todo para dedicarse a la Fundación del Libro para Ciegos.
En política. José estudió Derecho y trabajó como periodista antes de dedicarse al bufete. En la Universidad conoció a su mujer, Guita Kauffmann, la cual también es culpable, y mucho, de haber alentado esta afición a la bibliofilia. Durante casi quince años, José trabajó de abogado, sorteando los momentos más complicados de la política nacional e internacional. En octubre de 1950 fue nombrado director de la fábrica Metal Leve. Este cargo le proporcionó grandes ingresos que él destinó a su gran pasión. Años después, a mediados de los setenta, Mindlin sucumbió a la llamada de la política. El gobernador del Estado de São Paulo le ofreció la Secretaría de Cultura, Ciencia y Tecnología. A pesar del aperturismo existente en aquellos años, José se encontró con muchas dificultades y censuras. Entre otras grandes ideas, quiso llevar a cabo la formación de un Consejo de Cultura compuesto por relevantes artistas e intelectuales, pero la mayor parte de los propuestos fueron vetados. A pesar de todo, logró la rehabilitación de muchos edificios históricos en peligro y dinamizó la actividad cultural en todos los sentidos. No recuerda aquella etapa con tristeza, sino como un tiempo de utopías que, una vez más, no pudieron cumplirse. Desde entonces se dedicó más a su extraordinaria biblioteca.
«No hago nada sin alegría». El primer libro en mostrarme es la primera edición completa de los Ensayos de Montaigne, publicada en París en 1588. Para Mindlin, el escritor francés es uno de sus maestros y una lectura permanente. Abre el volumen, busca el capítulo décimo del segundo libro de los Ensayos y lee: «Cuando encuentro dificultades en la lectura, no me preocupo demasiado, pues si insistiese perdería mi tiempo; mi espíritu es de comprensión inmediata. Lo que no entiendo a primera vista, lo entiendo menos si me empeño en hacerlo. No hago nada sin alegría». Este es el lema de su ex libris.
A Mindlin le preocupa no haber podido leer todos los libros que él quisiera. Calcula que a lo largo de su vida ha leído una media de dos libros por semana; es decir, ocho libros al mes. Para él, el coleccionismo proviene de la lectura, luego a ésta se le añade el amor no sólo intelectual sino también físico por los libros, y así, poco a poco, va surgiendo esta dedicación. «El libro ejerce una atracción multiforme, que va mucho más allá de la lectura; sin embargo, es ésta un punto de partida fundamental. En primer lugar, existe siempre la ilusión de que se va a lograr leer más de lo que en realidad se consigue. Después viene el deseo de tener en la mano el mayor número posible de obras de un autor preferido.»
Mindlin cree que, después de más de setenta años leyendo, debe de haber llegado a la cifra de más de diez mil. Su biblioteca la calcula en unos treinta mil volúmenes. Una vez, visitando la Biblioteca del Vaticano, le preguntó al bibliotecario que le servía de guía cuántos volúmenes había allí. Respondió que allí los libros se medían por kilómetros de estanterías. Cuatrocientos kilómetros de estanterías hay en la nueva Biblioteca Nacional de París. Sonriéndome, José Mindlin me confiesa que la suya debe de tener alrededor de un kilómetro. Pero el propietario de esta ingente biblioteca antepone siempre la lectura al coleccionismo. Fue un lector disperso pero metódico y confiesa que nunca leyó por obligación, sino por placer. Está convencido de que los lectores no sólo son más sabios que quienes no leen, sino también más felices. Insiste en que la lectura debe iniciarse en la niñez, pero no de manera obligada. Y para ello es importante el ejemplo de los padres y el ambiente familiar. «No importa lo que se lea en los inicios, porque, una vez formado el gusto, éste se refina.»
No es muy crítico con la televisión, aunque ve en ella a un enemigo profundo de la lectura si no se la utiliza para su promoción. «La televisión ocupa un tiempo valiosísimo y ese tiempo se le roba a la lectura. No creo que pueda sustituirla nunca, pues estoy convencido de que la concentración en el libro despierta un tipo de imaginación y creatividad más complejo y duradero que el de la imagen fugaz de la televisión.» Por otra parte, Mindlin ve con gran optimismo el futuro que se abre para los libros con los nuevos sistemas informáticos y tecnológicos. Se archivarán mejor, serán más fáciles de consultar, pero «el libro jamás dejará de ser libro». Y dice estas palabras con un convencimiento total. Afirma que el placer que produce el contacto físico con ellos es insustituible.
Mientras desarrolla estas reflexiones y yo sigo teniendo en mis manos la primera edición completa de los Ensayos de Montaigne, de otra estantería saca un nuevo volumen. Es Os Lusíadas, de Luis de Camões. La primera edición, de 1572. Inmediatamente después, me ofrece otra, ¿igual? Mindlin me dice que adivine en qué se diferencian. Miro una y otra vez y no percibo nada distinto en estos dos ejemplares de la edición príncipe. Su propietario me los retira de la mano, los pone sobre una mesa y me señala el pequeño pero fundamental detalle que los diferencia y los hace, si cabe, todavía de mayor valor. En lo alto de la portada, en el frontispicio sostenido por las dos columnas que acogen el título, autor y demás datos, hay dibujada la figura de un pelícano. En uno de los libros el ave mira hacia la izquierda, mientras que en el otro lo hace hacia la derecha. Esta rareza incrementa su valor. De Camões y Os Lusíadas hay otros muchos volúmenes y ediciones.
Errata corregida. Este tipo de rarezas son muy queridas por los coleccionistas y Mindlin tiene un montón de muestras. Otro de sus autores favoritos y del que tiene manuscritos y primeras ediciones dedicadas es Machado de Assis. En las Poesías Completas publicadas por Garnier en 1907, en los primeros libros salidos de la imprenta se deslizó una errata en una palabra de la «Advertência» prologal que él mismo corrigió a mano y se rectificó inmediatamente para el resto de la edición. Mindlin tiene ejemplares de esas «versiones» y me las muestra, señalándomelas. Allí están, delante de mí, los tres ejemplares con el error, el corregido de puño y letra por el propio Machado de Assis y el ya arreglado tipográficamente.
A José Mindlin le gustan sobre todo los autores clásicos: Machado, Proust, Guimarães Rosa, Balzac, Tolstói, Cervantes, Dostoievski, Stendhal, Queiroz, etc... El Ulises de Joyce no ha logrado saborearlo nunca a pesar de que lo leyó en la versión francesa de Valéry Larbaud, en el original inglés y en la traducción brasileira -por supuesto en portugués- de Antônio Houaiss. De todos ellos posee la primera edición. No tiene nada contra el narrador irlandés, pues de la misma manera que afirma eso sobre el Ulises, dice todo lo contrario sobre Dublineses o sobre Retrato del artista adolescente. Otras de sus piezas favoritas contemporáneas son los libros de Victor Hugo Los trabajadores del mar y Los miserables. El primero fue traducido por Machado de Assis en el año 1866 y se convirtió en una rareza bibliográfica. La versión portuguesa de la otra novela de Hugo, hecha por el brasileño José da Rocha, fue publicada en el Maranhão en 1862, el mismo año de la primera edición francesa, y también existen pocos ejemplares de la misma.
Mindlin recuerda la historia de cada uno de sus libros. Dónde los encontró y cuál fue el proceso de adquisición de los mismos. Rechaza la compra a través de catálogos en internet o por correo. Él siempre ha sido un cazador que ha mirado a la presa de frente y a media distancia, nunca a través del catalejo o de la mira telescópica. Necesita verlos, tocarlos, abrirlos y olerlos. Por otra parte, nunca ha comprado un libro, por importante que fuera, que no estuviera en perfecto estado. Como lector, le gusta la ficción, la biografía, los ensayos, la Historia, los libros de viajes -especialmente los relacionados con Brasil-, los diarios y la poesía. Pero como coleccionista sus miras se amplían todavía más. Entre sus incunables destacan tres: el Triumphi del Petrarcha, el Hypnerotomachia Poliphili y el Liber Chronicarum.
Belleza gráfica. El Triumphi del Petrarcha está impreso en Venecia, en el año 1488, por Bernardinus de Novara. Me lo muestra y es de una belleza gráfica extraordinaria. Encuadernada en este mismo volumen está una edición de los Sonetti e Canzoni, impresos en el mismo año, sin ilustraciones. Esta obra le produjo a su propietario tal admiración creativa que acabó con más de diez ediciones del poeta italiano -de los siglos XVI al XIX- en su poder. Diferentes las unas de las otras por variantes textuales o por contener diversas ilustraciones. Dos de las ediciones de Aldo Manucio impresas en los años 1514 y 1533 poseen una particularidad muy interesante. Reproducen dos sonetos contra la Corte de Roma que fueron censurados, siendo las respectivas páginas arrancadas o el texto manchado con tinta para ser borrado. El ejemplar que me muestra, del año 1514, está intacto, mientras que el de 1533 tuvo el texto enteramente cubierto de tinta, pero el tiempo fue desprendiéndose de esta censura y ahora milagrosamente los sonetos son perfectamente legibles.
Sorprendente modernidad. El Hypnerotomachia Poliphili apareció once años después de esta edición de Petrarca. Escrito por el monje dominico Francesco Colonna y publicado por Aldo Manucio en Venecia el año 1499. Las ilustraciones y la composición tipográfica están muy por encima del texto literario. Es considerado uno de los grandes libros de todas las épocas. El sueño de Poliphilo es una obra en romance de contenido alegórico. Revolucionó la imprenta de la época por su diseño, tipografía e ilustraciones, todo de una sorprendente modernidad.
El Liber Chronicarum de Hart Schedel me lo muestra su propietario en otro edificio. Cuando la casa familiar fue tomada por los libros, en el jardín interior, más amplio que el de la entrada a la casa, construyó un pabellón que, poco después, también fue inundado de volúmenes, lo que llevó a Mindlin a construir otro inmueble anexo. Está medio enterrado en el jardín y se asemeja a las antiguas bibliotecas recorridas en lo alto por un estrecho pasillo. Bajamos por unas escaleras y entramos en el espacio, que se asemeja más a una biblioteca «profesional». Hay varias personas trabajando y todo parece estar en un perfecto orden.
El Liber Chronicarum fue impreso en Núremberg en 1493 por Anton Koberger y es vulgarmente conocido como Crónica de Núremberg. Un libro extraordinario, quizá el más asombroso que he tenido jamás en mis manos. Grandes ilustraciones de ciudades y mapas celestes. Casi dos mil grabados de carácter realista y muchos representando de manera imaginaria la Tierra y sus confines. Escrito en latín y compuesto en caracteres góticos a dos columnas. Aquí hay dos ejemplares, uno de ellos con encuadernación del siglo XVII en pergamino y con todas las capitulares coloreadas a mano, en rojo.
La Crónica es una Historia Universal desde la creación del mundo hasta el año 1493, fecha de su salida a la luz. Los ilustradores fueron Wolgemut y Pleydendurf. En el taller de ambos trabajó el joven Durero, cuyo trazo parece evidente en algunas de las ilustraciones. Pasando las páginas de este voluminoso libro me voy encontrando los grabados en madera de ciudades, escenas bíblicas, retratos, símbolos y una gran imaginería fantástica.
Umberto Eco cuenta que se encontró en Nueva York a un librero de viejo que vendía este libro hoja a hoja. «Hago vandalismo democrático, compro copias incompletas y las rompo. Usted no podrá poseer nunca una copia de la Crónica de Núremberg, ¿no? Pues bien, le vendo una página por diez dólares», le dijo. Teniendo el libro en mis manos -es un decir, porque es tan grande y pesado que se hace imposible-, da escalofríos pensar en lo que hacía aquel desaprensivo comerciante.
El vizconde de la trinidad. Mindlin va sacando de los anaqueles manuscritos, mapas, catecismos, gramáticas como el Arte da Grammatica, del padre José de Anchieta; libros de horas, religiosos como los misales, documentos fundamentales de las guerras civiles suramericanas -sobre todo las de Argentina y Chile contra Paraguay- y un sinfín de volúmenes. Llevamos varias horas y él sigue incansable, mientras a mí me entra un gran mareo, al verme derrotado por tanta maravilla inenarrable.
Nos sentamos a descansar y Mindlin me relata la siguiente anécdota, de las miles de ellas que podría contar en torno a los libros. «De viaje en Lisboa, visitamos la biblioteca del vizconde de la Trinidad. Era una biblioteca extraordinaria. Tenía todas las obras de Damião de Góes, lo que ya era una proeza extraordinaria, pero le faltaba la Descrição de Lisboa, publicada en latín en 1554. Apenas se conocían dos ejemplares. Yo había descubierto que la librería Maggs, de Londres, tenía uno a la venta. Por ese motivo, Guita y yo íbamos a viajar allí, después de haberlo reservado. Quizá por envidia o por rabia, al ver aquella gran biblioteca, no pude dejar de decirle al vizconde que la pieza que le faltaba estaba a punto de conseguirla yo. La reacción de dolor del vizconde de la Trinidad fue inmediata. Se levantó de su asiento y, mirándome a los ojos, me dijo: «Por favor, no me diga dónde se encuentra ese volumen, ni quién es el librero que se lo va a vender, ni en qué país, porque en estos asuntos no hay amistad, ni honestidad. Si yo supiera dónde está, procuraría salir corriendo para alcanzarlo antes que Vossa Excelencia»». [La biblioteca del vizconde se encuentra hoy depositada en la Universidad de Coimbra.]
La hemeroteca de Mindlin es también ingente en número y en la rareza de las colecciones y ejemplares que guarda. Drummond, Guimarães Rosa, Érico Veríssimo, Paulo Duarte, Mário de Andrade o Assis Barbosa han sido algunos de los escritores brasileños contemporáneos a los que trató y de los que tiene originales, primeras ediciones dedicadas y correspondencia. Por ejemplo, de Guimarães Rosa me muestra páginas mecanografiadas y corregidas de Gran Sertón: Veredas. Confiesa Mindlin que, para él, Machado de Assis y Rosa son los dos mayores escritores brasileños. De Brasil lo tiene prácticamente todo. Un día viajó a París para comprar una rareza, O guaraní (1840), de José Alencar. Durante tres días discutió el precio con su propietario y se llevó el ejemplar de vuelta a casa en el avión. Allí se lo olvidó, aunque luego pudo recuperarlo. «La búsqueda es para mí más placentera que la propiedad», asegura.
La librería Parthenon. Mindlin, además, fue editor y librero. Con otros socios y con el patrocinio de la empresa Metal Leve, o mientras fue el responsable de la Secretaría de Cultura, Ciencia y Tecnología, ayudó a la publicación de libros y ediciones facsimilares de revistas de creación literaria. La librería se llamaba Parthenon y fue fundada por él y otro par de socios. Corría el año 1946. «Pensé que esto me ayudaría a mejorar mi propia colección y a obtener un dinero añadido para seguir incrementándola.» Para tener el material, viajó a Europa. Estuvo en Francia, Italia, Holanda, Portugal y Suiza durante tres meses y se trajo unos tres mil libros. Muchos de ellos estaban relacionados con Brasil.
Los años cuarenta y cincuenta fueron los mejores para comprar en Europa libros de viejo baratos. La Guerra Mundial, además de aportar muchos más libros al mercado, los había reducido de precio. «Eran casi regalados», comenta Mindlin con nostalgia, y añade: «A partir de los años sesenta, los precios han ido subiendo hasta cantidades imposibles, en la misma proporción en que se han ido haciendo más escasas las piezas buenas».
La librería estaba en una casa en la Villa Normanda, en pleno centro de São Paulo. Él dice que tenía más pinta de biblioteca que de librería. Cada vez que se vendía un libro, sufría, y, pasado el tiempo, trataba de recomprárselo al cliente para incluirlo en su propia biblioteca. «Conseguí recomprar casi todos los buenos libros que pasaron por mis manos.» Así el negocio resultaba ruinoso, pues tener una biblioteca privada y una librería son cosas difíciles de sobrellevar. «Una de las peculiaridades del comercio de libros raros y de antigüedades en general es que los vendedores prefieren guardarse las mejores cosas y, la mayor parte de las veces, ni se las muestran al cliente.»
Retrato original. Saca otros libros de los estantes para enseñármelos. La primera edición completa de las obras de Molière, del año 1682. Nada menos que ocho volúmenes. Otro es la edición del Fausto de Goethe de 1828, ilustrada con litografías de Delacroix. Su propietario me dice que esta obra es uno de los primeros grandes libros de artista. Le devuelvo estos volúmenes y me pasa otros dos. La primera edición de Las flores del mal, de Baudelaire, del año 1857, que contiene los poemas censurados y arrancados de otros muchos ejemplares; y las Iluminaciones de Rimbaud, publicadas en 1886 con una tirada de apenas doscientos ejemplares.
A propósito de Rimbaud, Mind- lin me dice que también cuenta con una edición ilustrada de estos poemas, llevada a cabo por Fernand Léger, con un retrato original de Rimbaud con dedicatoria autógrafa de Paul Éluard, a quien perteneció el ejemplar. Y hubiera seguido y seguido sacando libros si no fuera por la mirada de Guita, que nos hace ver lo avanzado de la hora para ellos y, sobre todo, para mí, que tengo que tomar un avión. Ella me cuenta que estuvo, en ese mismo lugar, secuestrada por un grupo de ladrones. Comenta con humor que los delincuentes se dieron cuenta de que «para mi marido aquellos libros eran más importantes que yo y le advirtieron que si no pagaba, a mí no me harían nada, pero no quedaría ni un solo libro. La amenaza surtió efecto».
Nos despedimos y ambos me invitan a que regrese allí cuantas veces desee. La biblioteca la ponen a mi disposición. «¿Qué libro se llevaría usted?», me pregunta sonriendo mi amigo. Yo, sin apenas reflexionar, le contesto: «Montaigne, los Ensayos de Montaigne. Un libro matriz. El Libro de todos los libros». Me despido de la señora y le doy un abrazo a él mientras me susurra: «Ya sabe que a mí también me gusta Montaigne: «No hago nada sin alegría». ¡Vuelva pronto!» .
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